Uno de los mejores espacios para disfrutar la vida es el matrimonio. El matrimonio nos ofrece infinidad de oportunidades para ser creativos y osados. El matrimonio afirma nuestro compromiso con nuestra pareja; es para valientes, porque es para toda la vida. Con el matrimonio alcanzamos niveles de madurez nunca pensados.
La base para desarrollar saludablemente el matrimonio es el amor, es decir, el asumir nuestra responsabilidad y compromiso de hacer feliz a nuestro cónyuge. Este amor debe sostenerse con los años, es una decisión de pacto perenne: “nunca deja de ser” (I Corintios 13:8). Quien se casa afirmando: ‘Él o ella me hará feliz’, está muy equivocado.
Lamentablemente en nuestros días el matrimonio es visto a menos por mucha gente; se casan y viven con la ‘filosofía del desechable’, si sus parejas no satisfacen sus necesidades, las cambian. La consecuencia de esta filosofía son centenares de personas heridas sentimental y emocionalmente; y si hay hijos pequeños de por medio, las consecuencias traumáticas de ser parte de una familia disfuncional, de una u otra forma, trasciende en ellos para sus futuras relaciones interpersonales.
Otros no quieren asumir el riesgo y sólo conviven, evitan aterrorizados la palabra ‘matrimonio’, lo cual pone en duda que exista amor en su relación porque “donde hay amor no hay temor; al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor” (I Juan 4:18a).
En la escuela me enseñaron que el núcleo de toda sociedad es la familia y no puede haber familia sin matrimonio. El fundamento para un sano desarrollo social es fortalecer los matrimonios. Enumeraré algunos principios importantes para lograrlo.
Fortaleciendo nuestro matrimonio
1. Sirvámonos el uno al otro. El matrimonio es el primer y más importante espacio para desarrollar nuestras cualidades de servicio; este servicio es mutuo, “unos a los otros” (Gálatas 5:13b). En Mateo 20:28 leemos que Jesús “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”, lo que indica que servir implicará sacrificio, es decir, hacer algo por el otro aunque no tenga ganas de hacerlo. Hablo de satisfacer una necesidad de nuestro cónyuge en circunstancias en la que estamos gozando de algún momento placentero o hemos planeado algo diferente que hacer. Este servicio nace del amor mutuo, lo cual genera placer al realizarlo.
2. Escuchémonos. La comunicación es un arma protectora en el matrimonio. Sin comunicación no es posible alcanzar conocimiento acerca de nuestro cónyuge. Es importante hablarnos y oírnos mutuamente acerca de nuestros pensamientos y sentimientos. En la Biblia encontramos muchos eventos de cómo Dios presta vital importancia a este ejercicio motivándonos constantemente a orar (comunicarnos con Dios). En un momento de su relación con Israel, Él afirmó que su pueblo “fue destruido por falta de conocimiento” (Oseas 4:6), es decir, por no atender lo que les ordenaba. Nuestro matrimonio puede experimentar el mismo desastre si no prestamos oído a lo que nuestro cónyuge quiere expresarnos: “…todos ustedes deben estar prontos para oír; en cambio deben ser lentos para hablar…” (Santiago 1: 19a). Dentro de la rutina diaria debemos darnos un espacio para conversar y escucharnos.
3. Ayudémonos mutuamente. En Eclesiastés 4: 9-11 dice: “Mejores son dos que uno; porque mayor provecho obtienen de su trabajo. Y si uno de ellos cae, el otro lo levanta. ¡Pero ay del que cae estando solo, pues no habrá quien lo levante! Además, si dos se acuestan juntos, uno al otro se calientan, pero uno solo, ¿cómo va entrar en calor?”. Una excelente forma de ayudarnos mutuamente es compartir las actividades hogareñas. Es bueno distribuir los quehaceres de la casa a fin de evitar sobrecargar con responsabilidades a uno sólo, y con mayor razón si ambos trabajan. Como mi esposa dice: ‘Entre dos la vida es menos atroz’. Al hablar de ayuda mutua consideramos también el alentarnos y animarnos (I Tesalonicenses 4:18, 5:11), el soportar entre sí las cargas que se presenten y el corregirnos amablemente (Gálatas 6:1).
4. Perdonémonos diariamente. En Mateo 18:35 Jesús nos exhorta a que debemos “perdonar de todo corazón” y en Lucas 17:4, refiriéndose a quienes pecan contra nosotros, nos dice: “aunque peque contra ti siete veces en un día, si siete veces viene a decirte: ‘no lo volveré a hacer’, debes perdonarlo”. Jesús usa el número siete, que simboliza la perfección, enseñándonos que para el perdón no debe haber límites. “De la manera que Cristo los perdonó, así también perdonen.”(Colosenses 3:13c). Y lo sigue haciendo cada vez que se lo pedimos (I Juan 1:9). Sin embargo, creo que no es agradable estar en situaciones de pedir perdón y/o tener que perdonar. Lo mejor es evitar ofender a nuestro cónyuge y seguir los consejos del apóstol Pablo: “debemos agradar a nuestro prójimo (cónyuge) y hacer las cosas para su bien y para la mutua edificación” (Romanos 15:2).
5. Cuidemos nuestras palabras y nuestros pensamientos. En Santiago capítulo 3 se advierte e ilustra claramente acerca del cuidado que debemos tener en el uso de nuestra lengua. Con ella podemos bendecir y al mismo tiempo maldecir. “La lengua amable es un árbol de vida, la lengua perversa hace daño al espíritu.” (Proverbios 15:4); “¡qué grato es hallar la respuesta apropiada y aún más cuando es oportuna!” (Proverbios 15:23); “la respuesta blanda calma el enojo, la respuesta violenta lo excita más.”(Proverbios 15:1); “ninguna palabra corrompida salga de su boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación y traiga beneficios a quienes las escuchen.”(Efesios 4:29). Además se nos exhorta a alejar de nosotros los gritos, los insultos, las críticas y el quejarnos unos a otros. (Efesios 4:30, Romanos 14:13, Santiago 5:9a). Debemos recordar que la palabra dicha tiene poder creativo en sí misma. Con el poder de su Palabra Dios realizó su creación y hemos heredado esa facultad. Nuestro cónyuge merece escuchar de nosotros palabras para su edificación, y salud emocional y espiritual.
Además, el apóstol Pablo nos recomienda: “Piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en toda clase de virtudes, en todo lo que merece alabanza.” (Filipenses 4:8). Es muy importante cuidar lo que sembramos en nuestra mente. Actuamos y hablamos conforme a nuestros pensamientos. No podemos dar lugar a pensamientos de desconfianza, de amargura, de venganza ni de malos deseos hacia nuestro cónyuge. Si por algún instante vienen a nuestra mente pensamientos de ese tipo, desechémoslos, no los dejemos madurar. ¡Extirpémoslos de nuestra mente!
6. Mantengamos la unidad. Esposos y esposas somos una sola carne (Efesios 5:31), somos un cuerpo llamado matrimonio. Dios nos ha provisto de talentos “conforme a nuestra capacidad” (Mateo 25:15) para compartirlos entre nosotros y complementarnos. “Hay más dicha en dar que en recibir.” (Hechos 20:35b). La unión de nuestras fuerzas nos permitirá alcanzar nuestras metas comunes e individuales y soportar las pruebas que la vida nos presenta. No debemos dar lugar a contiendas (Filipenses 2:3), sino a retroalimentarnos identificando nuestras habilidades para el bien común, permaneciendo unidos en amor, sin divisiones, sin altivez, viviendo en armonía, pensando y sintiendo de la misma manera. (Colosenses 2:2b, Romanos 12:16, I Corintios 1:10). Todo esto es bueno para lograr una buena planificación, una saludable distribución de roles familiares, enfrentar las pruebas y alcanzar nuestros sueños. Debemos desechar de nosotros el ‘Síndrome del Yo-ísmo’.
7. Busquemos la sabiduría. “La sabiduría comienza por honrar al Señor.” (Proverbios 1:7a). De él procede la verdadera sabiduría: “Adquiere sabiduría y buen juicio; no eches mis palabras al olvido. Ama la sabiduría, no la abandones y ella te dará su protección. Yo te llevaré por el camino de la sabiduría; te haré andar por el buen camino, en el que no habrá estorbos a tu paso, en el que no tropezarás aún cuando corras.”(Proverbios 4:6, 11-12). Es un buen hábito leer regularmente la Biblia y/o libros relacionados como fuente de inspiración para encontrar el consejo divino y aplicarlo en nuestra relación matrimonial. Mi esposa y yo hemos encontrado juntos una excelente forma de buscar la sabiduría divina a través de la lectura diaria de un libro de devocionales bíblicos para matrimonios. Existen muchos en el mercado.
8. Seamos nuestros mejores amigos íntimos. En nuestras vidas individuales hemos hecho muchos amigos y es posible que alguno de ellos sea nuestra ‘chochera’, nuestro ‘pataza’, a quien conocemos de años; sin embargo, en el momento que nos casamos ellos pasan a ser simplemente amigos especiales, porque nuestro ‘único mejor amigo íntimo’ es nuestro cónyuge. Como amigos, los cónyuges debemos desarrollar total confianza, intimidad y transparencia. En Juan 15:15 Jesús nos llama amigos porque nos ha dado a conocer “las cosas que oyó del Padre”, lo cual indica que un amigo es un confidente, alguien que tiene la confianza de revelar sus intimidades.
9. Respetémonos. Respeto, honra y honor son los ingredientes que dan consistencia a nuestro matrimonio. “Maridos sean comprensivos con sus esposas. Denle el honor que les corresponde, teniendo en cuenta que ellas son más delicadas.”(I Pedro 3:7a) “…y la mujer respete a su esposo.” (Efesios 5:33b). Existen innumerables formas de honrar a nuestro cónyuge: hablándole con la verdad, cumpliendo con lo que le ofrecemos, no manipulando sus sentimientos, no ridiculizándolo en público, cuidando sus intereses y su reputación, aceptando pacientemente su indisposición sexual o de otra índole, considerando su opinión antes de tomar una decisión personal, atendiéndolo cuando se enferma, siendo fieles, exaltando sus atributos y cualidades, no imponiéndole nuestras preferencias, aceptando nuestros errores y cambiando de actitud, siendo agradecidos, una llamada avisando que llegaremos con retraso a casa, etc. No olvidemos nunca los votos que nos expresamos mutuamente en la ceremonia matrimonial, nuestro compromiso es cumplirlos incondicionalmente.
10. No matemos el romanticismo. “Mi amado es, entre los hombres, como un manzano entre los árboles del bosque. ¡Qué agradable es sentarme a su sombra! ¡Qué dulce me sabe su fruta! Me llevó a la sala de los banquetes y sus miradas para mí fueron de amor.” (Proverbios 2:3-4). “¡Tú eres hermosa, amor mío; hermosa de pies a cabeza! ¡En ti no hay defecto alguno!” (Proverbios 4:7). Alguna vez escuché decir que el amor se desgasta, que la rutina lo mata. Depende de nosotros que esto no ocurra. Usemos nuestra creatividad para sorprender con detalles a nuestro cónyuge: flores, una tarjeta de amor, una cena especial, un fin de semana fuera de casa, un chocolatito de vez en vez, palabras de halago, coqueteos, o lo que se nos ocurra para mantener encendida la llama que nos atrajo cuando nos conocimos. Estemos alertas a los gustos, preferencias y necesidades de nuestro cónyuge, por más insignificantes que nos parezcan. Con estos detalles haremos sentir a nuestro cónyuge especial y le mostraremos que está vigente en nuestro corazón.
11. Tengamos fe en Dios. Es vital como matrimonio poner nuestra total confianza en Dios. De él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona (Hebreos 12:2). No debemos poner nuestra confianza en las riquezas, ni en nuestras propias opiniones (Proverbios 3:5, 11:28, 28:26), ni en el sistema político o financiero, ni en personas importantes, ni en nuestra propia familia (Salmos 146:3, Jeremías 17:5). En la vida matrimonial enfrentamos retos y pruebas, experimentamos desilusiones y adversidades, pero en todas estas circunstancias nuestra fe debe estar puesta en Dios. “Pon tu vida en las manos del Señor, confía en él y vendrá en tu ayuda.”(Salmos 37:3); “Pero los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas y podrán volar como águilas, podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse.”(Isaías 40:31). Para desarrollar nuestra fe en Dios es necesario conocer su mensaje (Romanos 10:17). La Biblia debe ser nuestra fuente. Leámosla, identifiquémonos y pongámosla en práctica; sus promesas de fortaleza, paz, esperanza, sosiego, seguridad, etc. están a nuestro alcance.
12. Esperemos con alegría. En nuestro tiempo existen dos adversarios que pueden socavar nuestro matrimonio: la preocupación y el afán, lo que conocemos como ‘stress’. Estos adversarios roban de nuestros corazones la alegría de vivir y nos mantienen tensos. Debemos entender que “todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” (Eclesiastés 3:1). Aprendamos a esperar en Dios y no perdamos el gozo, aunque los resultados que esperamos tarden (Salmos 42:5, Habacuc 3:17-19). La cosecha llegará en su tiempo, no alteremos su proceso porque podemos obtener resultados defectuosos. No temamos y alegrémonos (Joel 2:21), “el corazón alegre hermosea el rostro.” (Proverbios 15:13a).
Los puntos tratados están relacionados y se complementan. No importa el tiempo que tengamos juntos: un año, cinco, diez, veinte, cincuenta años, nunca es tarde para aplicar estos principios en nuestra relación matrimonial. Lo más valioso que tenemos en la vida es nuestro cónyuge porque los hijos se van.
Si las circunstancias de la vida han opacado el brillo de su matrimonio, si sus egoísmos e inmadurez han apagado la llama del amor, si están deseando y buscando mejorar su relación matrimonial apliquen ‘reingeniería’ con estos principios.
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Textos bíblicos tomados de: “Biblia de Estudio Dios Habla Hoy” (Tercera edición).
“Santa Biblia De Reina y De Valera (Edición letra grande)
Textos bíblicos tomados de: “Biblia de Estudio Dios Habla Hoy” (Tercera edición).
“Santa Biblia De Reina y De Valera (Edición letra grande)