Han pasado dos años desde que llegamos a Canadá con el objetivo de construir un mejor futuro. No llegamos a la deriva. Nuestro Padre, en su infinita bondad nos dio una Palabra que nos afirmó y es el generador de nuestro ímpetu para salir adelante en estas tierras lejanas. Él nos dijo: “Solamente te pido que tengas mucho valor y firmeza para cuidar de hacer mi Palabra, no te apartes de ella para nada; sólo así tendrás éxito dondequiera que vayas. Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito. ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará donde quiera que vayas.” (Josué 1:7-9).Cada vez estamos más convencidos que la gracia de nuestro Padre nos sostiene y con su ayuda lograremos alcanzar los sueños que Él pone en nuestro corazón. Sabemos muy bien que su Palabra se cumple en su tiempo. Nosotros hacemos nuestra parte y Él hace la suya. Al llegar, lo primero que hicimos fue buscar una iglesia donde congregarnos como nos aconseja el apóstol Pablo (Hebreos 10:25). De la misma manera como lo hacíamos en Lima, continuamos sirviendo al Padre en una iglesia local con los dones que Él nos ha dado y cumpliendo con nuestros diezmos; vamos creciendo en su conocimiento y en la extensión de nuestra red de hermanos en la familia de Dios.
Cuando me inserté laboralmente en Canadá, dispuse en mi corazón no aceptar ofrecimientos de trabajo los días domingos. Más de una vez rechacé esta posibilidad, a pesar de que representaba más ingresos por horas extras. Considero que es vital para un cristiano apartar ese día; dedicarlo al servicio del Señor y a reforzar los lazos familiares. Sin embargo, hace un mes atrás esta determinación fue puesta a prueba una vez más.
Todos conocemos cómo la recesión económica global viene afectando a los países y Canadá no es la excepción. Siete meses atrás la compañía para la que trabajo inició un recorte progresivo de horas laborales que afectó mis ingresos hasta un 40%. Mi responsabilidad de proveedor en la familia me condujo a ponerme en búsqueda de otro trabajo a tiempo parcial o completo, con el objetivo de alcanzar las cuarenta horas semanales, pero todo esfuerzo fue en vano. Fueron momentos en las que las palabras del apóstol Santiago de “sentirme dichoso cuando tenga que enfrentar diversas pruebas” (Santiago 1:2) eran un poco difíciles de entender. Ya la angustia comenzaba a tomar lugar en mi corazón.
En medio de esta crisis, mi jefe me ofreció la oportunidad de hacer más horas un domingo y acepté. Cuando llegó aquel día pasó algo inusual, algo que atribuyo fue una corrección divina. ¡Desperté con tortícolis! Amanecí con un fuerte dolor en el cuello y no podía moverlo libremente. Obviamente tuve que comunicarle a mi supervisor que no asistiría a trabajar. Visité al médico ese mismo día y me aconsejó un buen masaje. Al día siguiente lunes, fui a trabajar como de costumbre. Bien dice David: “El Señor conoce los pensamientos humanos y sabe que son absurdos.” (Salmos 94:11).
Meditando en lo acontecido, pude darme cuenta que el Padre me estaba enseñando que debía “echar toda mi ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de mí y que debía resistir firme en la fe.” (I Pedro 5:7,9). Fue así que tuve el valor de rechazar otro ofrecimiento similar la semana siguiente. Debía confiar que algo pasaría y Dios no tardó. A los pocos días, el gerente me pidió trabajar algunas horas más en los días que me habían recortado y ahora ya casi estoy completando mis cuarenta horas semanales sin necesidad de trabajar los domingos. Adicionalmente a esto, en simultáneo, recibí una respuesta afirmativa respecto a una beca completa para continuar mis estudios de inglés.
Te invito a ser sensible a la corrección del Señor “para que puedas enfrentar tranquilo los días de aflicción” (Salmos 94:12) y a “encomendar al Señor tu camino, confía en Él, y Él actuará.” (Salmos 37:5).
“No bien decía: ‘Mis pies resbalan’, cuando ya tu amor, Señor, venía en mi ayuda. Cuando en mí la angustia iba en aumento, tu consuelo llenaba mi alma de alegría.”
(Salmos 94:18-19)
