30 jun 2010

COMO A NOSOTROS MISMOS

Después de algunas ocupadas horas de trabajo, “Egomío” se dispuso a hacer uso de su tiempo de refrigerio y se dirigió al comedor para almorzar. Sacó de su lonchera una bolsa de sopa instantánea y vaciándola en su recipiente con agua, usó el horno micro-ondas para su cocción. Después de unos minutos escuchó el silbido del horno avisando que la sopa estaba lista. Cuando abrió la puerta del artefacto encontró que la ebullición de la sopa sobrepasó los límites del recipiente y el interior del horno fue ensuciado con sopa. “Egomío” retiro su recipiente y sin ningún sentido de responsabilidad marchó a la mesa para consumir la sopa sin tomarse el tiempo para limpiar el artefacto. Al término de su refrigerio volvió a su puesto de trabajo sin considerar que otro compañero usaría el horno micro-ondas.

Mientras “Egomío” estaba trabajando, el teléfono de la oficina timbró insistentemente, contestó el teléfono y recibió el urgente mensaje. La llamada era para uno de sus compañeros quien estaba ausente visitando otra área de la empresa. “Egomío” no tomó importancia del mensaje y olvidó comunicárselo a su compañero. Al día siguiente, éste no asistió a trabajar porque estaba en el velorio de su padre, quien habría estado muriendo el día anterior a la misma hora que “Egomío” recibió la llamada.

En otra ocasión, “Egomío” se dirigió al banco para hacer cobro de un cheque a su nombre. Recibió el dinero y contó el monto recibido; había dos billetes de $100 de más. “Egomío” pensando que era su día de suerte se marchó presuroso abandonando el banco. Una semana después, “Egomío” volvió al banco y se enteró que el cajero que lo había atendido la semana anterior había sido despedido.

“Egomío” es el más claro ejemplo de aquellas personas que viven la vida pensando sólo en sí mismas, siendo insensibles a su prójimo. Este comportamiento es totalmente desagradable, completamente egoísta y ofende a Dios, quien nos exhorta a que no busquemos únicamente nuestro propio bien, sino el bien de los otros (Filipenses 2:4).

Jesús nos enseñó que “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos” es de igual importancia que “amar a Dios.” Ambos tienen íntima relación. No podemos amar a Dios y aborrecer, despreciar, rechazar, ignorar, o discriminar a nuestro prójimo. Tanto como amemos a Dios debemos amar a nuestros semejantes, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, mente y fuerzas (Marcos 12:30-31, I Juan 4:20-21). Nadie quien se ama a sí mismo actúa dañándose o para cosechar malos resultados en su vida. Si nos amamos a nosotros mismos estamos alertas, casi instintivamente, a buscar nuestro bienestar en todo sentido; del mismo modo debemos actuar hacia nuestro prójimo. Siempre que tengamos oportunidad, debemos hacer el bien a todos, inclusive con quienes no simpatizamos, a todos sin excepción (Gálatas 6:10, Lucas 6:27-28).

Muchas veces, “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos” demandará invertir nuestro tiempo, dinero y esfuerzo físico a favor de otros; es un dar incondicional que se traduce en servir con excelencia, como nos gustaría ser tratados. El mandamiento dado es un desafiante reto para el corazón humano que por naturaleza está centrado y se complace en sí mismo. (Lucas 6:31, 10:33-35, Gálatas 5:13-14, Proverbios 21:2). El dilema aparece cuando nos preguntamos ¿cómo nos amamos a nosotros mismos? Si nuestro nivel de amor por nosotros mismos es pobre, éste será manifiesto en nuestras relaciones personales con apatía, aislamiento, desinterés y/o relajo; si es en demasía, éste será manifiesto con conveniencia, altivez, arrogancia, y/o aversión. La medida correcta de amarnos a nosotros mismos es equilibrada y se manifiesta con la humildad, sabiduría, servicio y responsabilidad.

Recuerdo la vez cuando traté con un “Egomío” en mi centro de trabajo, quien siendo mi autoridad, pretendió desacreditarme para que me despidan y me hacía la vida imposible en la oficina. A pesar de su comportamiento, no guardé resentimiento y permanecí en una actitud de servicio. ¡Wau! aquello no fue fácil. Pasado el tiempo, él fue despedido y yo debía ocupar su puesto, pero coincidió que me vine a Canadá.

Y quién no se ha cruzado con aquellos “Egomíos” criollos, los que se cuelan en las colas, o los que te venden cartón corrugado remojado y polvoreado con pan rallado haciéndolo pasar por hamburguesa, o los que te rompen la plumilla del auto para venderte una nuevo, o los que te pagan con monedas o billetes falsos, o los que te “mecen” día tras día para cumplir con un servicio que pagaste adelantado, o los que a cambio de un “dinerito” aceleran un trámite administrativo, o los que jalan una extensión de tu servicio de cable, en fin, la lista es interminable. Cualquier actitud que afecte negativamente a nuestro prójimo, directa o indirectamente, es un acto reprochable y se contrapone a la voluntad de Dios.

“Amar al prójimo como a nosotros mismos” tiene que ver con amar sin fingimiento, aborreciendo lo malo; siguiendo lo bueno y en muchas oportunidades con una vocación de entrega. (Romanos 12:10, Efesios 5:2). Miremos cuidadosamente nuestras actitudes para con nuestro prójimo y no nos dejemos vencer por el mal; al contrario, venzamos con el bien el mal (Romanos 12:21). Cada vez que alguien interactúa con nosotros, Dios nos regala la oportunidad de demostrar cuanto amor hay en nuestro corazón por dar a otros. Todo bien que hagamos a nuestro prójimo, a él se lo hacemos (Mateo 25:40). No le fallemos.