8 feb 2011

IMITAR

Recuerdo que cuando era niño admiraba a Superman y quería ser como él. Volar, tener súper fuerza, rayos x, gran velocidad y darle su merecido a los malos eran cualidades que anhelaba tener. Crecí, y en mi adolescencia cambié a Superman por James Bond, que además de vencer a los malos, era atractivo a las mujeres por su elegancia y sagacidad. Yo quería ser como él. Pasaron los años y en mi juventud me sentí atraído por las estrellas de rock; su forma de vestir, sus gestos, sus posturas, sus cortes de pelo, su rebeldía, sus vicios eran una forma de buscar mi identidad. Fue en ese momento que Jesús llamó a la puerta de mi corazón y encontré el perfecto modelo a seguir.

El gran dilema del ser humano es a quién imitar. Todos de algún modo buscamos una imagen a seguir, siendo influenciados en nuestro comportamiento, acciones y en nuestras decisiones. Lamentablemente, hoy en día, los medios masivos de comunicación y el mundo del entretenimiento muestran estereotipos aterradores que mucha gente admira y sigue; la influencia de personajes con antivalores es alarmante y crece exponencialmente en la sociedad.

En contraposición, la Biblia nos exhorta a ser imitadores de Cristo y del Padre Dios (I Corintios 11:1, Efesios 5:1). Imitar quiere decir, ejecutar algo a ejemplo o semejanza de otra. Hacer o esforzarse por hacer algo lo mismo que otro o según el estilo de otro. Es decir, seguir las mismas huellas y ejemplos de otro, o llevar el mismo método, orden o disciplina que ella (RAE).

Cuando leemos los evangelios podemos encontrar a un Jesús que hablaba conforme lo que había visto cerca del Padre y actuaba conforme a las obras de su Padre (Juan 8:38, Juan 10:37). Por lo tanto, él mismo, con su ejemplo, nos hace ver que el hombre necesita imitar. También, estos pasajes nos enseñan de la gran importancia que tiene la influencia paterna en la vida de los hijos. Por supuesto, Jesús es el supremo y perfecto modelo, pero no todos aceptan o conocen esta opción y dirigen su mirada sobre diferentes personajes a su alrededor. Buenos o malos modelos que a su vez fueron influenciados por otros.

En la Biblia podemos encontrar dos sabios consejos que nos dan una pauta sobre qué hacer, antes de imitar a un estereotipo que se presente en nuestro camino. En primer lugar, debemos examinar todo, es decir, sometamos a prueba lo que dicen y hacen (I Tesalonicenses 5:21). Debemos considerar cuales son los resultados de su conducta, comportamiento o acciones (Hebreos 13:7). Examinar la senda de sus pies (Proverbios 4:26). Sus frutos hablarán por ellos (Mateo 7:16). Y en segundo lugar, retengamos sólo lo bueno, desechando lo malo (I Tesalonicenses 5: 21-22, 3 Juan 11). Debemos capturar las virtudes y cualidades buenas. Sigamos las buenas obras y las cosas útiles (Romanos 12:9, Tito 3:8) y lo que contribuye a la paz y mutua edificación (Romanos 14:19). Conservemos lo actuado en amor y los dones espirituales (I Corintios 14:1).

Cuando hablamos de imitar a un buen prototipo, estamos considerando que éste desarrolla su vida bajo valores morales y espirituales dados por Dios y respetando las normas legales que ordenan una sociedad. Estemos alertas con aquellos quienes simulan, fingen o aparentan ser lo que no son. No seamos ciegos, siguiendo a aquellos que a lo malo llaman bueno y a lo bueno malo (Isaías 5:20).

Josué y Salomón son dos personajes bíblicos que nos enseñan los resultados de imitar a la persona correcta. Josué logró conquistar la tierra prometida que Dios ofreció a su nación, porque él decidió seguir al pie de la letra lo que Moisés venía haciendo, que fue cumplir con el plan de Dios para tal fin. Salomón fue el rey más sabio, poderoso y rico que jamás haya existido, e hizo prosperar a su nación, porque decidió seguir el ejemplo de su padre David, que fue reverente y amante de Dios.

Seamos sabios. Meditemos sobre quiénes están influenciando nuestra vida y cómo estamos influenciando a otros. Imitemos a las personas correctas para ser la persona correcta que otros quieran imitar.

“Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.”
(Colosenses 2:6, 3:17)