Habiendo terminado de leer el libro de Daniel, meditaba acerca del testimonio de vida de este gran siervo de Dios. Definitivamente su vida estuvo llena de retos y pruebas bastantes fuertes, al punto que la arriesgó en más de una oportunidad por su amor apasionado a su Dios. Y en todas aquellas circunstancias peligrosas, Dios no le fue deudor, sino que lo ayudó a salir victorioso y puso sobre él su gracia divina.Daniel formaba parte del pueblo judío cautivo en Babilonia y en medio de ese pueblo extranjero Dios lo usó para ser de influencia en esa sociedad pagana. Daniel llegó a ser consejero de reyes quienes reconocieron al Dios verdadero a través de él. Daniel destacó en el ejercicio de su llamado o profesión como “descifrador o intérprete de sueños” y fue puesto sobre todos los sabios, magos, astrólogos, sátrapas y gobernadores del reino Persa.
Si bien es cierto la mano de Dios estuvo con Daniel, encontramos en él dos atributos muy importantes, que de no desarrollarlos, el favor divino le habría sido ajeno. En primer lugar, Daniel “propuso en su corazón no contaminarse” y en segundo lugar, Daniel “dispuso su corazón a entender y a humillarse en oración a Dios”. Este fue el secreto para que Dios lo levantara en medio de un país extranjero y pagano. Por estos atributos, en él había un espíritu superior.
Daniel ganó fama por lo bien que ejercía su oficio, desde el reinado de Nabucodonosor hasta el reinado de Ciro, Daniel demostró sabiduría, fidelidad y eficiencia en su servicio. Por otro lado, fue constante con sus principios, no cedió ni un milímetro a pesar de las maldades de sus enemigos. El fue respetado y admirado, no sólo por sus dones, sino también por su firmeza en sus convicciones.
Daniel, en medio del Imperio Persa representa al cristiano en medio del mundo. Daniel no era persa, pero estaba en Persia; igualmente, el cristiano no es del mundo, pero está en el mundo. Y así como Daniel, estamos llamados a destacar en nuestra fidelidad a Dios. Cualquiera sea el lugar donde estemos en el mundo: en un lugar de trabajo, en un centro de estudios, en las calles, en nuestros hogares, debemos ser firmes en nuestras convicciones y nuestros principios, dando gloria a Dios, rechazando las artimañas del diablo que nos tienta para negar nuestra fe. Haciéndolo, Dios se encargará de multiplicar nuestros dones y nos pondrá en lugares de privilegio en medio del mundo. El nos impartirá de su sabiduría y nos dará inteligencia para desarrollarnos eficientemente y destacar en lo que hagamos.
Proponer nuestro corazón a no contaminarnos, significa cuidar que nuestros sentidos sean alimentados por cosas que edifiquen la fe, implica nutrirnos de palabras y modelos de vida que promuevan la obediencia a Dios, renunciando a la corriente del mundo. Se trata de una decisión de amor a Dios, en el sentido de agradarlo en todo y con todo: espíritu, alma y cuerpo.
Disponer nuestro corazón a entender y humillarnos en oración a Dios, significa hacer de la comunicación con Dios una prioridad vital, un hábito diario, reconociendo nuestra necesidad de ser fortalecidos con su Espíritu. La oración es el combustible que mantiene viva la llama de nuestra fe. Es en la oración cuando abrimos nuestro corazón a Dios y aceptamos humildemente nuestra dependencia de El; en la oración se gestan nuestras victorias.
Otra actitud destacada de Daniel fue su prudencia y sabiduría para elegir a sus amigos. Daniel supo mantener buenas relaciones con los persas paganos, pero sus mejores amigos fueron: Sadrac, Mesac y Abed-nego. Estos tres hombres eran de su misma raza y compartían la misma fe, amaban a Jehová tan igual que Daniel. Y como era lógico, Dios también los prosperó, poniéndolos en lugares claves y principales en la organización estatal persa. Daniel compartió con sus amigos las mismas persecuciones y estoy seguro que nunca se sintió solo cuando tuvo que enfrentar adversidades. Allí estaban sus amigos para apoyarlo.
De igual forma, Dios nos llama a preferir hacer amigos cristianos cuyas convicciones sean firmes, para compartir con ellos nuestra fe y nuestro amor al Padre. Amigos de una misma raza espiritual. Si nos hacemos amigos que tengan el mismo sentir de agradar a Dios, nuestra vida estará respalda por el testimonio de ellos y viceversa. Encontraremos en ese vínculo de amistad, reciprocidad e interdependencia inspiradas por el amor de Dios.
El Padre nos ha llamado a ser luz del mundo. Tenemos un propósito divino que cumplir en cada etapa de nuestra vida. La luz destaca en la oscuridad y como hijos de Dios nuestras vidas deben reflejar el carácter de nuestro Padre Celestial. En la medida que nuestra intimidad con Dios sea nuestro motor, nuestra vida destacará en sabiduría y poder de Dios, nuestra vida será exitosa sin importar quien se oponga, porque “si Dios por nosotros ¿quién contra nosotros?”
La única forma de destacar en el mundo en positivo y de manera trascendental, es por medio de la puesta en práctica de nuestra devoción a nuestro Dios. Su Palabra nos dice que “en El somos más que vencedores”. Que nuestra luz destaque radiantemente.
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