En Hechos 16:23-35 se relata la historia de cómo Pablo y Silas fueron testigos del poder de la alabanza. Esta historia pone de manifiesto que como cristianos tenemos una arma excelente dado por Dios para sobrellevar y vencer circunstancias negativas en nuestras vidas. Muchas veces en nuestra vida personal experimentamos circunstancias que ponen nuestra fe al filo de la navaja. Situaciones que nos invitan a hundirnos en la depresión y la desesperanza. Sin embargo, estamos llamados a estar gozosos en todo momento, sea cual fuese la situación vivida. ¿Es posible humanamente hacerlo cuando las circunstancias son desastrosas? Creo que no. Para ello Dios nos ha provisto de un arma letal frente a los momentos “color hormiga” de nuestra vida. Esa arma es la alabanza a Él.La alabanza entendida en el sentido de expresar con nuestra voz audible los atributos soberanos, divinos y extraordinarios de nuestro Padre, acerca de su poder, sus promesas y su majestad. Una expresión genuina de confianza que siempre ve al Padre más grande que las circunstancias negativas. Una expresión que pudiera carecer de emoción inicialmente, pero que a medida que es desarrollada va generando en nuestro interior el gozo inefable de Dios, fortaleciéndonos con la paz divina.
Pablo y Silas estaban presos injustamente y sufrieron maltrato físico. Fueron encerrados en un calabozo interior, seguramente el más subterráneo posible. Un lugar áspero, frío, oscuro y solitario. Y es más, estaban encadenados en los pies, de manera que su movilidad era restringida y pesada. Realmente una circunstancia indeseable para cualquier persona.
Muchas veces en el trayecto de nuestras vidas nos vemos envueltos en prisiones como esa, no físicas necesariamente, sino también espirituales, emocionales y sociales. Presos del stress, la depresión, la enfermedad, nuestras limitaciones, de injusticias, de alguna debilidad carnal, de nuestro mal carácter, de nuestros temores, del desamor, etc. Situaciones en las que nos sentimos maltratados por otros o por nosotros mismos. Situaciones a las que esperamos algún día vencer.
Una forma de liberación de esas prisiones es la alabanza al Padre. Al expresar alabanza a Dios confesamos su Palabra y alimentamos nuestra fe, recordándonos a nosotros mismos en quién hemos creído. Si leemos los Salmos de David encontraremos que mientras expresamos los atributos de Dios, vamos dándonos cuenta de nuestra responsabilidad frente a tal o cual situación negativa en nuestras vidas. La alabanza en sí, es una oración que nos constriñe e invita a la revelación del Espíritu Santo en nuestro espíritu, culminando en la obtención de paz y gozo interior. De allí su importancia.
La alabanza es un mandato, no es opcional. Debe realizarse en humildad, no en reproche, rindiendo nuestra existencia a nuestro Padre. La alabanza es un dar completo, es un perderse en las maravillosas promesas de Dios. Es olvidarnos de nosotros mismos y nuestras limitaciones, es creer en el amor y poder de nuestro Padre.
Pablo y Silas cantaban himnos a Dios, a pesar del dolor de sus heridas. Y se suscitó un gran terremoto. Un terremoto es un movimiento telúrico que estremece los cimientos de la tierra. No pasa inadvertido, todos lo sienten. Sacude, asusta y hasta destruye. Además, fueron sueltas las cadenas de sus pies y se abrieron las puertas del calabozo.
Nuestra alabanza en una circunstancia negativa quebrantará los cimientos de lo que la origina. El diablo y sus huestes se asustan cuando alabamos a Dios en momentos que nuestra fe es probada. Nuestra alabanza causará conmoción y estremecerá la incredulidad de los impíos que buscan desacreditar el amor y poder de Dios en nuestras vidas. Nuestra alabanza destruye los dardos de incredulidad que el enemigo dispara en nuestra mente para mantenernos en derrota y limitados. La alabanza rompe las cadenas que inmovilizan nuestro andar en fe. La alabanza nos abre puertas a nuevas dimensiones de fe.
Pablo y Silas cantaban a grande voz, porque todos los presos los oían. A pesar del maltrato recibido, ellos levantaron la voz hasta más no poder para ser oídos. Ellos querían testimoniar, que a pesar de las circunstancias no les avergonzaba alabar a Dios; que a pesar de las circunstancias no temían alabar a Dios. Que no dejarían de hacer lo que tenían que hacer, porque Dios habita en la alabanza de su pueblo.
Nuestra alabanza debe ser audible a nosotros y a los que nos rodean. Si antes de ser cristianos entonábamos canciones seculares para expresar nuestras alegrías o tristezas, ahora que estamos con el Señor no debemos avergonzarnos de expresarle nuestro amor y fe. Ya sea en las buenas o en las pruebas, nuestra expresión de alabanza debe testimoniar a los oyentes nuestra confianza en el Padre, no para lucir lo espiritual que somos, sino por mostrar la gloria de Dios en nuestras vidas.
Algo que me estremece de esta historia, es que la alabanza en circunstancias negativas es un instrumento para impartir salvación a otros. El carcelero y su familia se interesaron en conocer de Dios y fueron salvos a raíz de lo que la alabanza de Pablo y Silas produjo. Ellos hallaron el favor del carcelero a tal punto que hasta les limpió sus heridas y les dio de comer en su casa.
Y lo más sorprendente es que volvieron a prisión para no perjudicar al carcelero, y también para evitar incumplir la ley, a pesar que fueron acusados injustamente, sabiendo que Dios en su tiempo, haría justicia con ellos.; acto que sucedió inmediatamente a la mañana siguiente, cuando el carcelero fue ordenado que los dejara en libertad.
Dios es bueno en todo tiempo, en las buenas y en las pruebas. Hagamos de la alabanza una herramienta de liberación en nuestras vidas para testimoniar al mundo que nuestro Dios es real en poder y magnificencia. Dios hará su parte si nosotros hacemos la nuestra. Se trata de fe actuando en obediencia.
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